
El jardín del olvido
Siempre he sentido una extraña conexión con el mundo mágico, una conexión que me parece que está incompleta.
En lo más profundo de mi ser siento que el cuerpo con el que vine a este mundo está defectuoso, pero no puedo entender porqué.
No sé nada sobre mi pasado, de donde provengo. Todo lo que tengo son estas gemas que me han acompañado toda mi vida, la única pista sobre mi origen.
Sólo tengo recuerdos de vivir con una manada de zorros, me aceptaron pero sé que soy diferente a ellos, no dejaba de sentir una conexión profunda con los bosques a mi alrededor.
Con el tiempo si era cuidadosa y estaba lo suficientemente cerca podía calmar a un venado asustado para que aún estando ante mi presencia y la de mi manada se mantuviera calmo y sereno mientras ellos hundían los dientes en su carne.
Pero, ¿qué soy? ¿soy un monstruo?
El mundo de los mortales era tan distante e inquietante tanto para mi como para los zorros de hielo. Los humanos eran criaturas groseras y bruscas.
Un día cuando un grupo de cazadores acampó cerca los observé a la distancia cómo ejecutaban sus tareas sombrías… y es que a veces me siento atraída por ellos, por los humanos. por razones que no conseguí explicar.
Su esencia vital me llama esa sensación embriagadora irresistible… pero cuando salgo de ese estado entusiasmada de que algo podría haber cambiado en mí, los cabellos de aquel hombre habían desaparecido su cuerpo yacía en el cielo sin vida. Me doy cuenta de que ha pagado su vida por verme más hermosa.
Me veo con apariencia humana pero mi transformación está incompleta.
No es suficiente.
Había despojado sin intención a aquel hombre de su esencia arcana y había sido transformada en una forma semi humana, todavía con rasgos de zorro blanco pero con cuerpo de mujer. conocida por muchos como una vastaya.
Con el tiempo pude conseguir ropaje para adaptarme a las costumbres de la sociedad humana aprendí a mezclarme entre las multitudes, visitando pueblos y aprendiendo cada vez a actuar más como una mujer ordinaria con toques delicados, seductores e inocentes llenos de gracia y femineidad. utilice mi belleza para atraer más hombres incautos y así consumir sus esencias vitales utilizándolas para mi, para sentirme joven y humana por más tiempo. Creía que estaba bien actuar así, alimentarme de sus deseos me permitía visualizar mi meta.
Cada vez más cerca, un sueño no tan efímero pero algo dentro de mi me carcomía a medida que arrebataba sus vidas se apoderaba de mi un fuerte sentimiento de culpa.
Cuando era sólo un zorro antes no me importaban restos actos, ahora que conservo mi forma humana por más tiempo, a veces no puedo soportar este sentimiento. pienso en esos hombres que no volverán a sus casas a sus hijos, a sus esposas… esto es horrible. tengo que dejarlo, ¡no está bien!
Debo buscar otra forma de lograr mi sueño, algo dónde no me manche de culpa. Debo viajar irme de Jonia y descubrir una solución, la piedad es un lujo y una responsabilidad humana.
Yo quiero ser humana… y en ese momento me detuve enfrente a la entrada de un jardín, donde la piedra se convertía en suelo y los estrechos matorrales y arbustos crecían de forma salvaje bañados por la luz de la luna.
en ese lugar las abundantes plantas florecían con exuberancia, sentí duda. había oído leyendas de la arboleda sagrada pero nunca había atravesado las cavernas para llegar hasta ella. según las historias aquellos que traspasan el límite del jardín accedían como una persona y lo abandonaban como otro totalmente diferente…
Quizás y sólo si la suerte me sonríe podría mejorar mi forma física y ser una mujer completa.
Fue en ese momento cuando decidí poner pie en el jardín… se me erizó el cuello.
Siento como si alguien me estuviera mirando escondido en la oscuridad de la noche. No alcanzo a ver nada entre los árboles, sólo el silencio pareciera acompañarme.
Recorrí un camino entre las plantas enredadas saltando las raíces que sobresalían del suelo, me agaché bajo unas enredaderas enormes que se extendían hacia mí.
Pude ver como la luz de la luna atravesaba las copas de los árboles revelando sus hojas plateadas y doradas, los tallos de las flores se enredaban en sus trocos haciendo bucles con capullos más brillantes que cualquier piedra preciosa… Es hermoso este lugar.
Un lirio de las nieves se inclinó hacia mi cara y me acaricia la mejilla suavemente.
Era demasiado atractivo como para resistirme, no pude evitar hundir mi cara en sus pétalos para inhalar su embriagadora esencia. Siento como se enfríe mi nariz puedo percibir el suave olor a naranja a brisa de verano y extrañamente al intenso sabor de un asesinato reciente.
En ese momento me faltaba el aire, sentía como me asfixiaba, comencé a tambalearme mareada por el perfume de la flor me corté y caí al suelo. Un líquido viscoso se filtró por el corte, exhalé sacudiendo mis nueve colas al mismo tiempo que me recuperaba del aturdimiento.
Al recuperarme me di cuenta que una mujer con mechones grises y canoso se encontraba frente a mí, estaba envuelta en un manto colorido y en sus pestañas brillaban gotas de rocío.
Me sentí incomoda, me miraba mucho me miraba con intenciones de devorarme las entrañas así como se cortara el tallo de una flor. Así que preferí apartarme de esa mujer.
— Las flores quieren algo de nosotros— dijo la anciana— Tal como nosotros buscamos algo de ellas. Sería sabio no meter tu nariz donde no es bienvenida. Sé de lo que hablo. Yo misma alimento a estos bebés hambrientos.
— Sé quién eres, eres la que llaman “la carroñera de secretos”, “la olvidada”, “la bruja jardinera”.
— “La bruja jardinera”… Uno de mis nombres más amables, sí. Pero ese no es el punto. Sé por qué estás aquí, 𝘐𝘮𝘪𝘯𝘩𝘢. Buscas absolución. Dejar de sentir dolor
𝘗𝘦𝘲𝘶𝘦ñ𝘢. Eso me hizo sentir incómoda con la palabra, que en general se usaba en una relación familiar, aunque no estaba segura de la razón.
Conforme avanzaban por el jardín iluminado por la luna, las flores se giraron hacia la anciana como si fuera el sol que calentaba sus hojas y las ayudaba a crecer. O tal vez las flores no deseaban darle la espalda.
La anciana me condujo hacia un banco en frente de un árbol retorcido de fruta nubis y se sentó en frente.
— Déjame adivinar… Estabas enamorada.— curvaba en las comisuras de sus labios en su sonrisa mientras me decía eso, como si se burlara de mí— No te preocupes, no eres la primera. Así que, ¿quién era? ¿Un soldado? ¿Un aventurero? ¿Un guerrero exiliado?— dudé en responderle.
—Un artista— contesté. No había pronunciado las sílabas de su nombre por más de un año y no podía decirlo ahora. Se sentía como tragar vidrio roto— Él pintaba... flores.
— Ah… Un romántico.— mi garganta se hizo un nudo ante aquellas palabras.
— ¡Yo lo maté! ¡¿Te parece suficientemente romántico?!… Succioné su vida de sus propios labios cuando yacía moribundo en mis brazos—continuó— era bondadoso, más desinteresado de lo que cualquiera tiene derecho a ser. Pensé que podría aplacar mis instintos. Pero el sabor de sus sueños y recuerdos era demasiado tentador. Me estaba provocando, no me pude resistir. Y ahora… ahora no puedo seguir adelante sabiendo lo que hice. Por favor, Anciana. ¿Puedes otorgarme el don del olvido? ¿Puedes hacerme olvidar?'
La Jardinera no contestó. Se levantó y tomó una fruta nubis madura del árbol, la peló lenta y cuidadosamente para que la cáscara quedara en una sola pieza. La pulpa se dividía en seis segmentos color bermellón y la Jardinera me los ofreció.
— ¿Quieres una rebanada?— la miré fijamente— No te preocupes, no quiere nada de ti. No es como las flores. La fruta nunca quiere nada. Es la parte más generosa de una planta, se empeña en ser exquisita y jugosa, además de tentadora. Solo quiere atraer.
— La comida se convierte en cenizas dentro de mi boca— respondí— ¿cómo puedo alimentarme cuando no soy más que un monstruo?
— ¿Sabes? Incluso los monstruos necesitan comer— me respondió la Jardinera, sonriéndome con gentileza.
Observaba como ella ponía uno de los segmentos de la fruta nubis en su boca y masticó antes de hacer una mueca.
— ¡Está agria! En todos mis años en el jardín, nunca me acostumbre al sabor fuerte— la anciana sin importarle el sabor agrio comió los trozos restantes mientras yo permanecía en silencio. Cuando terminó, limpió el jugo de su boca.
— De modo que robaste una vida que no te correspondía terminar, ahora sufres las consecuencias.
— No lo soporto.
— Vivir es sinónimo de sufrir, me temo— una vid con lirios nevados se abrió camino hacia el brazo de la anciana.
— No puedo seguir sabiendo que lo maté…
— Perderte a ti misma acarrea consecuencias más grandes, pequeña—Quedarás destrozada. Nunca estarás completa de nuevo.
La Jardinera tomó dulcemente mi mano y la estrechó. Sus ojos verde mar se iluminaron bajo la luz de luna y pude detectar algo de lo que no me había percatado antes, ¿tal vez era anhelo?
— Ya estoy rota en fragmentos, y cada segundo que pasa me rompo un poco más… Por favor, señora. Debo hacerlo— supliqué. Y la anciana suspiró.
— Este jardín no rechazará un regalo, ya que siempre tiene apetito— con eso, la Jardinera me ofreció su brazo, aún enredado con la vid de lirios nevados. Los capullos se desplegaron como manos extendidas— da tu aliento a esta flor mientras piensas en los recuerdos de los que deseas deshacerte—dijo la anciana, señalando el lirio acampanado— la flor los consumirá. No vuelvas a inhalar hasta que no sientas nada.
Tomé la flor delicadamente entre mis dedos. La Jardinera asintió. Inhalé profundamente y exhalé sobre la flor. Mi sufrimiento se disolvió como una nube a la vez que la imagen desaparecía de mi mente.
𝙈𝙚 𝙚𝙣𝙘𝙤𝙣𝙩𝙧𝙖𝙗𝙖 𝙤𝙗𝙨𝙚𝙧𝙫𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙖 𝙪𝙣 𝙝𝙤𝙢𝙗𝙧𝙚 𝙙𝙚 𝙘𝙖𝙗𝙚𝙡𝙡𝙤 𝙣𝙚𝙜𝙧𝙤 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙖𝙡𝙖 𝙙𝙚 𝙘𝙪𝙚𝙧𝙫𝙤 𝙥𝙞𝙣𝙩𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙪𝙣𝙖 𝙛𝙡𝙤𝙧.
— ¿𝙎𝙞𝙜𝙤 𝙨𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 𝙩𝙪 𝙛𝙡𝙤𝙧?— 𝙥𝙧𝙚𝙜𝙪𝙣𝙩𝙚, 𝙧𝙚𝙩𝙞𝙧𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙡𝙖 𝙘𝙞𝙣𝙩𝙖 𝙙𝙚 𝙢𝙞 𝙫𝙚𝙨𝙩𝙞𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝙡𝙚𝙫𝙖𝙣𝙩𝙤 𝙡𝙖 𝙗𝙧𝙤𝙘𝙝𝙖 𝙮 𝙘𝙪𝙗𝙧𝙞𝙤 𝙘𝙤𝙣 𝙥𝙞𝙣𝙩𝙪𝙧𝙖 𝙨𝙪 𝙙𝙚𝙨𝙘𝙪𝙗𝙞𝙚𝙧𝙩𝙖 𝙚𝙨𝙥𝙖𝙡𝙙𝙖. 𝙇𝙖𝙨 𝙘𝙚𝙧𝙙𝙖𝙨 𝙘𝙤𝙨𝙦𝙪𝙞𝙡𝙡𝙚𝙖𝙗𝙖𝙣 𝙢𝙞𝙚𝙣𝙩𝙧𝙖𝙨 𝙚𝙡 𝙧𝙚𝙘𝙧𝙚𝙖𝙗𝙖 𝙡𝙖 𝙛𝙡𝙤𝙧 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚 𝙢𝙞 𝙘𝙤𝙡𝙪𝙢𝙣𝙖.
— 𝙇𝙤 𝙚𝙧𝙚𝙨, 𝙨𝙞 𝙡𝙤 𝙚𝙧𝙚𝙨— 𝙧𝙚𝙥𝙚𝙩𝙞𝙖 𝙚𝙡, 𝙗𝙚𝙨𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙢𝙞 𝙝𝙤𝙢𝙗𝙧𝙤 𝙘𝙤𝙣 𝙘𝙖𝙙𝙖 𝙥𝙖𝙡𝙖𝙗𝙧𝙖.
Yo sabía que debía temer lo que estaba por ocurrir, pero mi corazón se estaba tornando frío e insensible.
𝙀𝙨𝙩𝙖𝙗𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖𝙙𝙖 𝙚𝙣 𝙚𝙡 𝙘𝙚𝙣𝙩𝙧𝙤 𝙙𝙚 𝙪𝙣 𝙡𝙖𝙜𝙤, 𝙨𝙤𝙨𝙩𝙚𝙣𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 𝙚𝙡 𝙘𝙪𝙚𝙧𝙥𝙤 𝙨𝙞𝙣 𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙙𝙚𝙡 𝙝𝙤𝙢𝙗𝙧𝙚 𝙖𝙧𝙩𝙞𝙨𝙩𝙖 𝙖𝙡 𝙦𝙪𝙚 𝙝𝙖𝙗𝙞𝙖 𝙖𝙢𝙖𝙙𝙤. 𝙇𝙤 𝙫𝙞 𝙝𝙪𝙣𝙙𝙞𝙧𝙨𝙚 𝙚𝙣 𝙚𝙡 𝙖𝙜𝙪𝙖, 𝙝𝙖𝙨𝙩𝙖 𝙫𝙤𝙡𝙫𝙚𝙧𝙨𝙚 𝙖𝙥𝙚𝙣𝙖𝙨 𝙡𝙖 𝙙𝙞𝙨𝙩𝙤𝙧𝙨𝙞𝙤𝙣 𝙙𝙚 𝙪𝙣 𝙧𝙚𝙛𝙡𝙚𝙟𝙤 𝙫𝙞𝙙𝙧𝙞𝙤𝙨𝙤.
Antes esta visión me habría causado un dolor punzante, pero yo no sentía más que un dolor apagado, escaso de sentimientos.
𝘼𝙝𝙞 𝙚𝙨𝙩𝙖𝙗𝙖 𝙮𝙤 𝙞𝙣𝙘𝙡𝙞𝙣𝙖𝙙𝙖 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚 𝙪𝙣 𝙡𝙚ñ𝙖𝙙𝙤𝙧 𝙘𝙖𝙞𝙙𝙤 𝙚𝙣 𝙪𝙣𝙖 𝙘𝙖𝙫𝙚𝙧𝙣𝙖 𝙙𝙚 𝙥𝙞𝙚𝙙𝙧𝙖, 𝙘𝙤𝙣𝙨𝙪𝙢𝙞𝙚𝙣𝙙𝙤 𝙨𝙪 𝙫𝙞𝙙𝙖. 𝘼𝙡 𝙚𝙨𝙘𝙪𝙘𝙝𝙖𝙧 𝙚𝙡 𝙨𝙤𝙣𝙞𝙙𝙤 𝙙𝙚 𝙗𝙤𝙩𝙖𝙨 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚 𝙡𝙖 𝙣𝙞𝙚𝙫𝙚, 𝙢𝙚 𝙨𝙤𝙗𝙧𝙚𝙨𝙖𝙡𝙩𝙚. 𝙀𝙡 𝙝𝙤𝙢𝙗𝙧𝙚 𝙖𝙧𝙩𝙞𝙨𝙩𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙖𝙢𝙖𝙗𝙖 𝙡𝙖𝙨 𝙛𝙡𝙤𝙧𝙚𝙨 𝙚𝙨𝙩𝙖𝙗𝙖 𝙖𝙝𝙞, 𝙤𝙗𝙨𝙚𝙧𝙫𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙈𝙚 𝙘𝙤𝙢𝙚𝙣𝙘𝙚 𝙖 𝙙𝙚𝙨𝙚𝙨𝙥𝙚𝙧𝙖𝙧, 𝙣𝙤 𝙦𝙪𝙚𝙧𝙞𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙚𝙡 𝙫𝙞𝙚𝙧𝙖 𝙚𝙨𝙩𝙤.
— 𝙉𝙤 𝙥𝙪𝙚𝙙𝙤 𝙨𝙚𝙧 𝙡𝙤 𝙨𝙪𝙛𝙞𝙘𝙞𝙚𝙣𝙩𝙚𝙢𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙗𝙪𝙚𝙣𝙖 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙩𝙞. 𝙈𝙞𝙧𝙖𝙢𝙚, 𝙖𝙫𝙞𝙙𝙖 𝙥𝙤𝙧 𝙚𝙡 𝙖𝙡𝙢𝙖 𝙙𝙚 𝙪𝙣 𝙝𝙤𝙢𝙗𝙧𝙚 𝙢𝙤𝙧𝙞𝙗𝙪𝙣𝙙𝙤. 𝙋𝙤𝙧 𝙛𝙖𝙫𝙤𝙧, 𝙙𝙚𝙟𝙖𝙢𝙚. 𝙉𝙤 𝙨𝙤𝙮 𝙗𝙪𝙚𝙣𝙖. 𝙉𝙤 𝙥𝙪𝙚𝙙𝙤 𝙨𝙚𝙧 𝙗𝙪𝙚𝙣𝙖.
𝙈𝙞 𝙖𝙢𝙤𝙧 𝙙𝙚 𝙘𝙖𝙗𝙚𝙡𝙡𝙤 𝙣𝙚𝙜𝙧𝙤 𝙘𝙤𝙢𝙤 𝙖𝙡𝙖 𝙙𝙚 𝙘𝙪𝙚𝙧𝙫𝙤 𝙧𝙚𝙨𝙥𝙤𝙣𝙙𝙞𝙤.
— 𝙉𝙤 𝙢𝙚 𝙞𝙢𝙥𝙤𝙧𝙩𝙖— 𝙚𝙧𝙖 𝙡𝙖 𝙥𝙧𝙞𝙢𝙚𝙧𝙖 𝙫𝙚𝙯 𝙦𝙪𝙚 𝙧𝙚𝙘𝙤𝙧𝙙𝙖𝙗𝙖 𝙦𝙪𝙚 𝙖𝙡𝙜𝙪𝙞𝙚𝙣 𝙢𝙚 𝙖𝙢𝙖𝙗𝙖 𝙥𝙤𝙧 𝙘𝙤𝙢𝙥𝙡𝙚𝙩𝙤, 𝙖 𝙥𝙚𝙨𝙖𝙧 𝙙𝙚 𝙢𝙞 𝙣𝙖𝙩𝙪𝙧𝙖𝙡𝙚𝙯𝙖. 𝙎𝙪 𝙫𝙤𝙯 𝙚𝙧𝙖 𝙘𝙖𝙡𝙞𝙙𝙖 𝙮 𝙜𝙧𝙖𝙫𝙚 𝙥𝙤𝙧 𝙡𝙖 𝙚𝙢𝙤𝙘𝙞𝙤𝙣, 𝙡𝙡𝙚𝙣𝙤 𝙙𝙚 𝙨𝙚𝙣𝙩𝙞𝙢𝙞𝙚𝙣𝙩𝙤𝙨— 𝙨𝙤𝙮 𝙩𝙪𝙮𝙤.
¡No! ¡No puedo! !No puedo perder esto!
Rápidamente intenté inhalar, pero el aire se sentía como una soga alrededor de mi cuello. Me asfixiaba sofocando mi garganta, como si estuviera respirando veneno. Mi visión se oscureció, pero jadeé hasta que mis propios pulmones estuvieron a punto de reventar.
Perder esto sería como volver a matarlo…
En cuestión de segundos mis rodillas comenzaron a ceder colapsándome sobre el suelo, con el lirio nevado aún en mis pequeñas manos. El aroma antinatural que había inhalado de la flor se había filtrado en mi mente conjurando visiones extrañas y perturbadoras.
No pude mantenerme firme… poco a poco mi vista se fue nublando hasta que caí inconsciente…
Comencé a alucinar. En un silencioso bosque de nieve, imaginé cada una de mis nueve colas arrancadas desde la médula, que volvían a crecer para poder volver a ser arrancadas.
En una cueva de piedra, ví docenas de retratos míos, pintados con pinceladas de tinta negra. En todas las imágenes, me veía de una apariencia blanca y fría.
Floté, ingrávida, en el centro de un lago, y bajé la mirada para ver que estaba lleno, pero no de agua, sino de sangre.
—¿Dónde estas?
En la visión de mi mente, ví un rostro distorsionado por los infinitos pliegues a lo profundo de mi memoria, un rostro que ya estaba olvidando. La cara se veía borrosa, como la pintura de un hombre en lugar del hombre en sí. Él me miraba fijo, pero yo… doblemente no me atrevía a mirarlo.
Lentamente comencé a abrir los ojos. La Jardinera estaba de pie frente mío, sosteniendo la vid de lirios nevados que se había tornado en un ahora, color negro.
— ¿Aún puedes verlo?— me preguntó la anciana. Me concentré en las formas difusas en mi mente, hasta que se materializó en un rostro. Su rostro.
—,Sí. Está borroso, pero... Lo recuerdo— hablé, intentando reconstruir la imagen de su rostro en mi mente, memorizando ada detalle. No permitiría que desapareciese.
Los ojos de la anciana destellaron, no con anhelo sino con arrepentimiento.
— Entonces hiciste lo que la mayoría no tiene la fuerza para hacer. No sucumbiste ante la paz— afirmó la Jardinera.
— No pude— me ahogué con mis palabras— no pude renunciar a él. Incluso si soy un monstruo. Incluso si cada día muero soportando el dolor cientos de veces y cada vez multiplicándose. El olvido es peor, mucho peor.
El olvido eran cientos de rostros difuminados observándome con ojos vacíos, el precio por haber robando tantas almas y memorias junto a sus sueños.
— No puedes recuperar lo que entregaste, pequeña— dijo la Jardinera— as flores no renuncian a lo que se les dio voluntariamente. Pero puedes conservar lo que aún te queda. Márchate. Abandona este lugar antes de que te consuma— susurró. Las vides se enroscaron en los hombros de la Jardinera y revelaron lirios de un profundo verde mar— como lo ha hecho con muchas otras personas.
Rápidamente intenté ponerme de pie, pero una vid de lirios nevados se había enredado en una de mis colas. Forcejeé contra las garras aferradas, quité púas de mi pelaje de mi cola hasta que pude levantarme y correr. Raíces anudadas salieron del suelo, intentando aprisionarme mientras me saltaba entre ellas. Una enmarañada cortina de rosas lunares espinosas maniobró para bloquear mi paso, pero rápidamente contuve la respiración y me zambullí debajo de las flores, donde quedaron atrapados en algunos mechones de cabello.
El sendero del jardín se había cubierto de lirios nevados de todos los colores. Sus hojas, afiladas como cuchillas, cortaban mi piel al mismo tiempo tiempo que los altos tallos se enredaban en mi cara y cuello para vendar mi boca. Sin dudarlo solté una mordida destrozando las fibras con los dientes, en un instale el sabor a hierro en mi boca se hizo presente, sangre amarga. Conseguí atravesar el arco hasta las cavernas de piedra a toda velocidad. Apenas podía distinguir la voz de la Jardinera.
— Una parte de ti permanecerá aquí por siempre— dijo la mujer— a diferencia de nosotros, el jardín nunca olvida.
Mi piel se erizó pero aún así no miré atrás.
Decidí irme alejarme de todo esto.
Jonia sólo es un recordatorio amargo de todos los pecados que he causado acá.
Todo el mal que le hice a tantas personas por mantener mi forma, mi belleza y todo este poder.
Necesito buscar respuestas en otro lugar, un lugar donde pueda descubrir de dónde vengo, un lugar donde los vastayas podamos vivir sin problemas.
Con el tiempo más imágenes llegaban a mi cabeza por todas las memorias que había adsorbido por mucho tiempo, me di cuenta que veía nuevas imágenes.
Una rebelión que buscaba restaurar la gloria de mi especie… tal vez este era el vínculo a un pasado que no lograba recordar. Ya no dependería de recuerdos prestados y sueños poco familiares.
Si aún había algún rastro de mí tribu en Runaterra entonces estoy determinada a encontrarla. Nadie se interpondrá en mi camino.
Al momento de zarpar en mi camino conseguí información sobre las gemas que están conmigo desde el comienzo.
Resulta que están diseñadas como pequeñas piezas que encajan en esculturas más grandes.
Tengo que conseguir Ymelo, un hombre con cejas en forma de ala.
— Es más fácil mirar al pasado, ¿no crees? La clave está en ver que hay más adelante.
— Por lo que he escuchado, seguramente ladrones, bestias y bebida.
— Es un… Lugar sin Ley, en donde tú decides tu propio destino. Además, los dos buscamos algo, ¿no es así?— pregunté acercándome al hombre.
— ¿Y crees que lo encontramos en Aguas Turbias?
— Creo que encontraremos muchas cosas.